EL AMOR EN TIEMPOS DE CAFÉ

1. Amores de mañana

Se me abren los ojos despacito cuando descubro que el cuarto recibió la luz del día y mi cuerpo está ya aburrido de dormir. Lo miro, su respiración sigue honda y sus ojos sueñan con algo lindo. Eso me dice su boca que sonríe levemente, relajada, contenta porque sabe que hoy no va a haber alarmas.

Me despego despacito de su cuerpo. Primero desenlazo mi pierna derecha para girar hacia afuera y sacarle de a poco todo mi peso de encima. Pero ese movimiento no sirve más que para despertarlo. Hace ocho meses que dormimos bien, bien juntos. Nos comunicamos hasta con los más sutiles movimientos.

“Shhh, seguí durmiendo. Me voy a hacer café para traer a la cama”. Otra sonrisa. Pero esta vez mucho más profunda, acompañada de unos ojitos arrugados y todavía cerrados. Las mañanas me regalan una de mis imágenes preferidas, una escena que se volvió mi debilidad desde que empezamos a vivir juntos: despertarme completamente entrelazada con la persona que quiero.

Y el domingo tiene además ese gustito especial; no hay horarios, no hay alarmas, no hay lugares a los que hay que llegar. Solo tiempo para disfrutar juntos de nuestro nuevo amor de mañana.

Bajo las escaleras con el pijama desaliñado, el pelo hecho un nido de pájaros y un par de bostezos pendientes; caminando en piloto automático, en busca de un objeto en particular. Un poco de agua en la pava eléctrica, un botón y tarán; ya empieza el espectáculo. Saco una bolsa del armario y se me ablanda el corazón cuando me llegan los primeros signos de mi aroma preferido. Una cucharada. Otra más. Una tercera, por las dudas. Me estoy pasando, lo sé, pero cada adición es una oleada más de placer, un nuevo abrazo a mi alma sensible de mañana.

¡Ay! Otra vez me excedí con la cantidad y con la temperatura… Pero es que ese ritual, tan sencillo e inocente como parece, me regala unos segundos de éxtasis ininterrumpido. Y su punto cúlmine llega en el momento de la fusión. Cuando el agua se entremezcla con el café molido, fundiéndose en un baile de texturas y aromas, haciendo el amor suavemente, dando vida a algo más que una “bebida”.

El café para mí es vida. Una vida que es capaz de levantarme de la cama solo con el recuerdo de su sabor o su perfume. Una vida que me despierta el deseo del encuentro, de las risas y de las confidencias. Una vida que reúne amistades, relaciona familias y enamora parejas.

Una vida que me acompaña con las dos tacitas hacia arriba, a la cama donde él me espera acostado pero ya despierto. Y, de alguna forma, nos envuelve en un “instante perfecto”, colmado de confianza y sobreentendidos con una cucharada de ternura y una gran dosis de amor de mañana.

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