El primer sabor de Melbourne

Las ciudades, como las personas, despiertan primeras impresiones. En ese encuentro inicial cara a cara, las dos energías – la propia y la de ese lugar en particular – se entrelazan produciendo un primer sentimiento que va a quedar grabado como una estampa anecdótica.

En Australia me tocó vivir dos experiencias completamente opuestas. Sydney me golpeó con violencia, decepcionándome como nunca creí que un lugar podría hacerlo. Pero el gigante me dio revancha, invitándome a conocer otra de sus grandes ciudades. Y, aunque cautelosa y desconfiada, hace tres días fui víctima de un lindísimo flechazo: Melbourne. Con esto, hay algo que cada día me queda más claro: si hay amor, se siente al instante.

El color, el arte, la cultura. Su inmensa escena gastronómica y cafetera. Los espacios verdes, la atareada vida de ciudad combinada con la tranquilidad del pueblo playero. Su impronta internacional, su aire cosmopolita y el amplio abanico de actividades disponibles. La juventud, la noche, las calles pintadas con aerosol y vida…

Tres días caminando por Melbourne fueron suficientes para regalarme un primer sabor. Dulce, relajante, rico, interesante. Pero, especialmente, un sabor muy, muy prometedor.

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