Cadaqués

Todos tenemos nuestro “lugar soñado”, un paisaje real o inventado al que acudimos cada vez que nos queremos escapar de la realidad que nos agobia.

Yo siempre pienso en lo mismo: un pueblito blanco de calles adoquinadas, angostas e irregulares; flores de colores decorando las fachadas; restaurantes y tiendas boutiques y una costa donde el mar celeste es el protagonista indiscutido.

Jamás se me vino a la cabeza un lugar en particular, sino que logré construir en detalle y con los años ese ambiente perfecto e ilusorio que se acomodó siempre a mis sueños, deseos y fantasías.

Hoy conocí Cadaqués y sentí un impactante deja vu. Este pueblo sobre la Costa Brava española casi al límite con Francia es el destino con el que soñé despierta tantas horas. No venía preparada para nada – es más, el viaje surgió de un día para el otro sin tiempo para organizar – pero fue ese “primer reencuentro inesperado” el que me impactó.

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Nos alojamos en el hotel Ubaldo, una posada sencilla pero muy bien ubicada en uno de los callejones mágicos de este lugar. Dejamos los bolsos y salimos a caminar, disparando fotos a los árboles de buganvilias que se elevaban abrazados a las fachadas blancas. A 200 metros nos esperaba el mejor paisaje; la playita del puerto, con la ciudad sobre los bancos del mar, una calle rodeando la bahía y barcos anclados manchando el horizonte. Blanco, celeste y terracota. Esos son los tres colores reinantes en Cadaqués.

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Estiramos nuestro pareo sobre las piedras (olvídense de encontrar arena en estas costas), justo debajo de un restaurante a pocos metros del mar. Así pasamos la tarde: entre la lona y el banquito, picando rabas y croquetas, mojando los pies en el agua con una cerveza en la mano y obnubilados por la vista que nos ofrecía el lugar en sus 360 grados.

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Ya cansados del sol y del calor, y con la ayuda de una nube que llegó a poner pausa al día, decidimos caminar un poco por el pueblo. Subimos y bajamos las calles desniveladas, nos enamoramos de cada puesto boutique, soñamos con comprarnos cientos de canastos de mimbre, nos sacamos fotos bajo las flores fucsias y vimos el mar mutar de turquesa a un azul profundo cuando lo abandonó la luz.

Como todo lugar, Cadaqués tiene dos caras; la diurna y el pueblo en su versión nocturna. Cuando el sol desaparece y el cielo comienza a apagarse de a poco, las luces de las calles y sus casas se prenden como luciérnagas. Con esa imagen onírica, caminamos por la rambla del mar, ya bañados y cambiados, chusmeando los menús de los restaurantes que se emplazan, uno al lado del otro, en la plaza central compitiendo por la atención de los caminantes.

Nos decidimos por el lugar más concurrido (por alguna razón, lo más “populares” genera más confianza), con mesas iluminadas por las luces de las velas, y una carta amplia, variada y muy interesante. Entre brindis con nuestras copas de vino blanco, anécdotas de un pasado compartido y una serie de ensaladas y platos con salmón, transcurrió nuestra primera y única noche en Cadaqués, en un ambiente condimentado por los gritos de “Gol” de un partido de mundial; Bélgica vs. Japón.

Fiel al concepto de “pueblo”, Cadaqués es divino y mínimo a la vez. Su parte pintoresca puede recorrerse en apenas unas horas y sus playas céntricas sobre el puerto no son nada del otro mundo. Sin embargo, desde el centro se puede acceder a las mejores joyas del verano: sus calas. Son estos paraísos los que hacen valer una estadía más prolongada en este lugar.

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Se puede llegar a ellas en auto (con una parte final de caminata) o con una lancha-taxi, como elegimos nosotros, que nos dejó en menos de 10 minutos en una pequeña playita encerrada entre piedras. ¡Que resultó ser una locura! Su difícil acceso hace que sean mucho menos concurridas, y esta tranquilidad, en la época de pleno verano, es impagable. Pero además, su ubicación escondida las convierte en opciones agrestes y paradisíacas que nada tienen que ver con las playas de ciudad.

En esta cala – de la que nunca descubrimos el nombre – nos pasamos las mejores 5 horas del verano; entre el calor punzante del sol de mediodía, y la belleza de un mar calmo y excesivamente transparente. No faltaron los clásicos sándwiches de playa, los mojitos del “barco-bar” y unas excursiones en snorkel por los atareados mundos submarinos. Tampoco la incomodidad de acostarse sobre las piedras o la saturación de un sol que no regalaba descanso. Pero, sin dudas, lo primero ganó por goleada.

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Viviendo en Barcelona, uno corre el riesgo de achancharse en lo mismo de siempre; el caos constante de la Barceloneta, el caminar a paso de hormiga por las Ramblas o, peor aún, cerrarse a conocer lugares o actividades diferentes. Pero uno de los grandes beneficios que tiene vivir en Europa, es que se está cerca de todo. Desde las capitales imponentes hasta los mini-pueblos más incógnitos y exóticos. Cadaqués fue uno de esos descubrimientos sorpresa al que logramos llegar cuando decidimos movernos un poco. Dos horas en auto, no se necesita más que eso y un poquititito de voluntad para reencontrarte con tu lugar soñado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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