Italia, estoy enamorada de tu comida

Viajar es comer. Esta es una de las premisas que descubrí (y viví) con más fuerza en este último mes. Es imposible visitar nuevos países y ciudades y no caer ante la tentación de sus platos típicos. Vas a Francia y empezás todos los días con un café y una croissant. En Alemania y Praga te das un panzaso con un frankfurt o un schnitzel. Y en Italia… bueno, eso es un capítulo aparte.

Sin duda, los argentinos tenemos una sólida raíz culinaria italiana. La pizza es la comida del encuentro, esa que te saca de los apuros y te ofrece la alternativa más simple en las reuniones de amigos. Un gran número de restaurantes en nuestro país ofrecen en su menú pastas de todo tipo: espaguetis, ravioles, canelones, capeletis, ñoquis… Heladerías las hay por todas partes. En fin, todos los argentinos estamos familiarizados con la gastronomía italiana. O, al menos eso es lo que creemos.

En este viaje decidimos pasar los últimos 10 días en el país de la bota. Nos emocionaba llegar a un destino con mar, escuchar un idioma carismático y más similar al español pero más que nada; deseábamos su comida. Las semanas anteriores no abstuvimos de comer en lugares italianos para disfrutar de sus platos en su lugar de origen.

Con un presupuesto como el nuestro es difícil darse lujos gastronómicos en los mejores restaurantes. También resulta complicado variar las comidas, porque muchas de ellas – como por ejemplo los pescados, mariscos y carnes – están por fuera de los rangos de precios que manejábamos… Pero nosotros logramos contentarnos con tres platos que se volvieron la base de nuestra alimentación: pizzas, pastas y helados. Y ellos lograron hacernos felices cada uno de los días que pasamos en la bella Italia.

LA AUTÉNTICA PIZZA ITALIANA

La pizza italiana no tiene nada, pero nada que ver con la argentina. ¡Es por eso que no pudimos parar de pedirla! La primera diferencia: el tamaño. Mientras en Buenos Aires la medimos por porciones, acá son “individuales”. Pero cuando te llega el platazo lo primero que pensás es: no hay forma alguna de que la termine. Todos pasamos por eso y, tranquilos que todos pudimos.

Sí, en mi estadía en Italia me fui acostumbrando a comer cada vez un poquito más, ¡son las porciones las que te obligan! Pero, para que se entienda un poco más, acá la pizza es mucho, mucho más finita en el centro, casi al límite de quebrarse. Los bordes son más inflados y de una textura suave (no crocante como en Argentina). El queso no es el protagonista como estamos acostumbrados nosotros, sino que los ingredientes se combinan en cantidades similares, para lograr que se sientan todos los sabores por igual.

La primera pizza italiana la pedimos en Sirmione, un pueblito veraniego sobre el Lago di Garda. Elegimos un restaurante bien ubicado, frente al castillo medieval, para regalarnos ese primer lujo. Quattro formaggi y prosciutto cotto (jamón cocido). Mitad, mitad. Tamaños abismales y unos minutos de silencio absoluto. Así describimos este reencuentro inolvidable con uno de los platos que más marcaron nuestro viaje.

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Pero quizás el cruce más auténtico lo vivimos en Nápoles, la ciudad enquilombada del centro de Italia donde nació la primera pizza como la conocemos a nivel mundial. “Hagamos las cosas bien”. Con esa premisa me metí en Trip Advisor en busca de las pizzerías más recomendadas. En primer lugar salía un sucucho mínimo y muy rústico ubicado en una esquina de aquellas calles irregulares. 3,5 euros la pizza margherita, un precio insólito para el viaje de sabores por los que nos llevó esa comida. Donde la mozzarella y la salsa de tomate se fusionaron para formar una salsa exquisita, las escasas hojas de albahaca le regalaron un toque de sabor extra y los bordes esponjosos completaban esa oleada que inundaba los sentidos. Deleitarse con una pizza en su lugar de origen: hecho.

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PASTAS, PASTAS, PASTAS. A TODA HORA Y TODOS LOS DÍAS.

Para muchos, las pastas son la comida de los pobres o de los viajeros que necesitan ratonearla. Para mí, los fideos (o cualquiera de sus variantes) son el número uno de la gastronomía mundial y tienen, como beneficio extra, su precio que los convierte casi siempre en la opción más económica. Es así como las pastas formaron parte de nuestro día a día, conformando el 70% de nuestras comidas, y en su forma más básica: fideos con salsa rosa y mucho, mucho quesito rallado.

Pero es en Italia donde nos permitimos salir a comerlas afuera. La primera vez que lo hicimos fue en nuestra primera noche en Roma, después de caminarnos la ciudad entera en busca del Trastévere. Con un hambre abismal pero con la exigencia de buscar un lugar lo más pintoresco posible, llegamos a sentarnos en “Lo de Massimo”.

Para muchas personas, lo que estoy a punto de contar es un pecado. Pero hace falta aclarar que los dos somos muy sencillos a la hora de comer, ninguno disfruta los ingredientes excesivos y exóticos, menos aún dentro de un plato de pastas. Nuestra mesa se conformó de la siguiente manera: penne con mozzarella, puré de tomate y albahaca para mí. Ravioles con salsa rosa para Pablito. Una jarra del vino de la casa y una canastita con pan casero. Simple pero suficiente para cerrar una noche difícil de olvidar.

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Volvimos a salir afuera a comer pastas unos días después en Génova, para despedir la última noche del extenso viaje. Esta vez nos la jugamos un poquito más. Pablo se animó al pesto genovés (nada mejor que las comidas en su lugar de origen) en un plato de trofie y yo aposté por unos ravioles con salsa bolognesa, un gran paso para mi paladar tan básico. Voy a seguir insistiendo con que las noches de pastas fueron los mejores mimos de mi paso por Europa.

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HELADOS: EL DESCUBRIMIENTO DEL NOCCIOLA

Más allá de ser una golosa enferma de alma, el helado nunca estuvo entre mis “dulces” preferidos. ¿Cómo voy a elegir un dulce de leche casi congelado cuando puedo disfrutarlo en su forma más pura, bien derretido, dentro de un chocolate? Pero en este viaje me permití un acercamiento lento y casi accidental a este postre, principalmente por un ingrediente en particular que me conquistó al instante: el nocciola.

La pasta de avellanas es de las comidas más increíbles que existen. En forma de Nutella, dentro de un Kinder Bueno o un Ferrero Rocher, o como parte de unas obleas; todo lo que tenga avellanas me fascina sin excepciones. Y no podía ser de otra forma con el helado. “Nocciola, nocciola, nocciola…” Me sonaba pero no lograba relacionarlo con este dulce de los dioses. Hasta que el primer bocado me llevó como un rayo a esa conexión que me flechó.

Caminando por Sirmione mientras sentía ese primer “aire de verano”, refrescándome en la Piazza Navona después de un viaje infernal en bus o sentada en un banquito frente al Mar Mediterráneo en la Costa Amalfitana. El helado de nocciola fue mi fiel compañero dulce en este trayecto y uno de los mejores descubrimientos de Italia.

 

 

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