Annecy: viajando en el tiempo a una Francia medieval

Desde que decidimos hacer este viaje de un mes por Europa, empezamos a buscar fotos en Instagram de todos los lugares que nos llamaran la atención para construir nuestro itinerario. Un par de días después ya estábamos siguiendo a decenas de páginas de viajes, llenando nuestro inicio con fotos de los lugares más variados y etiquetándonos mutuamente en cada nuevo hallazgo.

Entre los destinos que calificamos como “infaltables” seleccionamos algunos pueblitos franceses que nos flecharon al instante con su encanto onírico (especialmente a mí que soy una romántica), porque parecían sacados de un cuento de niños o de una película de Disney.

El jueves pasado buscamos nuestro autito de alquiler – un Fiat 500 divino que se ganó el nombre de “Pandi” – y, después de una parada bizarra en carpa en la terraza de un argentino en Montpellier, nos dirigimos a Annecy, un pueblo medieval francés que estaba en la lista de favoritos.

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Mis ansias y emoción se entremezclaban con la incertidumbre y el miedo a ser decepcionada. ¿Y si no es como en las fotos? Cada vez vamos perdiendo más la confianza en este tipo de páginas que te muestran el mundo desde una perspectiva perfecta y con una edición excesiva. Sin embargo, esta pequeña ciudad figuraba siempre entre los obligados de la campiña francesa así que había que darle una oportunidad… ¿no?

A las tres de la tarde del viernes estábamos entrando al pueblo alsacio. Estacionamos a Pandi en un parking y nos bajamos a dar un primer recorrido.

Dos o tres pasos ya fueron suficientes para descubrir la magia de este lugar que se caracteriza por su belleza quedada en el tiempo. Ahí estaba: el canal que seduce a fotógrafos de todas partes del mundo, con sus puentes repletos de flores y esas construcciones bajas pintadas de distintos colores, regalándole un toque aniñado al paisaje. Boquiabierta y con una excitación infantil, saqué el celular para intentar capturar esa locura de paisaje. Pero una vez más corroboré que una foto (al menos una sacada por mí) no logra transmitir el huracán de sentimientos que se presentan cuando uno está parado en ese lugar, en vivo y en directo.

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Belleza de fantasía en los 360°, el sonido de la corriente del agua entremezclado con el bullicio turista, los colores que se acentúan con los rayos del sol – verde, rosa, amarillo, naranja, azul – y esa sensación extraña de haber entrado en una máquina del tiempo hacia un pueblito remoto en un país lejano, justo en la base de los Alpes.

Porque, para nuestra sorpresa, el paisaje nos regaló algo más con lo que no contábamos: un lago inmenso, celeste y cristalino con las montañas de fondo, como una postal. Teníamos, por un lado, el encanto medieval del pueblo que en algún momento perteneció a Suiza, Italia y Alemania y en el extremo opuesto, la cadena montañosa de Los Alpes que le otorga un estilo invernal, como de centro de esquí.

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El hambre voraz y la ansiedad por conocer cada rincón de este cuentito nos llevó a perdernos en sus calles adoquinadas en busca de nuestro almuerzo ideal: un sándwich que nos seduzca con algún queso local. No fue una tarea difícil ya que a cada paso encontrábamos un puestito que nos ofrecía lo que estábamos buscando, siempre en una versión más tentadora y con un atractivo puramente visual (porque tuvimos muchos, muchos problemas para entender el idioma).

Con los sándwiches calentitos y una cerveza en mano, nos sentamos en uno de los puentes que atravesaban el canal. Nada de restaurantes caros ni platos exóticos; queríamos vivir el lugar desde su interior, con sus sabores clásicos en nuestro “spot” elegido. Desde ahí, me sumergí en un instante de observación, atraída no solo por el paisaje encantador (no encuentro mejor palabra que esa para describir Annecy) sino por la gente que lo caminaba, ensimismada en su propio recorrido.

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Porque eso tienen estos destinos turísticos tan chiquitos: cada uno los visita, los vive, los camina de una forma diferente. Algunos de vacaciones con sus hijos, otros de viaje con amigos y muchos ensimismados en una especie de luna de miel de ensueño. Hay tantas experiencias como visitantes.

La tranquilidad propia de pueblo flota en el aire y, a pesar de que sus calles de llenan de viajeros, siempre se puede encontrar un rincón o un callejón donde abunda la calma. Nosotros lo vivimos en el interior del centro histórico esa primera noche que llegamos. Con solo unos pocos restaurantes y bares abiertos (Nota mental: los pueblitos franceses mueren de noche), logramos viajar varios siglos atrás mientras caminábamos por sus calles envueltos en un atractivo fantasmal.

Algo parecido pasó mientras descansábamos en uno de los muelles sobre el lago Annecy. El aire puro, el aura celeste y la postal perfecta lograron retraerme durante unas horas de mi agitación porteña para regalarme una serenidad que pocas veces sentí… Sí, la vida de pueblo aburre rápido. Pero sé que huí de Buenos Aires en busca de esto: instantes de paz.

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