Perdida (de felicidad) en el Barrio Gótico

Igual que los últimos días de ansiedad en Buenos Aires, acá todavía me está costando dormir y, por ende, levantarme temprano. Mi día no empezó a las 9 de la mañana como me hubiera gustado, pero ese plus me dio la posibilidad de descansar más para encarar una jornada que vengo esperando hace meses: perderme por las calles de esta ciudad. Mi nueva ciudad.

Salí extra-abrigada y me enfrenté a un calorcito nuevo y sorpresivo que viene a marcar el esperado inicio de la primavera. No puedo quejarme… amo el sol y tanta nube fría me echaba un poco para abajo. Salí con mi nueva campera de peluchito (la compra salvación de la temporada), mi mochila y el pasaporte italiano en mano, empeñada en dar al menos un primer paso en el trámite del NIE. No había planeado un mañana de trámites así que una respuesta simple en el consulado fue suficiente para dar por terminado el tema (por hoy) y encaminarme por fin al corazón de Barcelona: el Barrio Gótico.

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No sabría explicar exactamente por qué, pero esta zona me vuelve loca. Las calles adoquinadas, sus callejones angostos que nacen de la nada y desaparecen a una cuadra, los desniveles, los locales boutique, los balconcitos adornados con sus flores y banderas… ese laberinto de encanto natural es mi debilidad barcelonesa. Es por eso que me propuse recorrerlo sin mapa ni dirección, solo con mi teléfono en mano para intentar capturar en imágenes al menos algún poquito de su inmensa belleza pintoresca (lo que terminó siendo casi imposible).

Empecé por un cafecito de especialidad que conocí la última vez que vine a esta ciudad y que me conquistó al instante. Caminé pocos metros y me embriagué con los colores de las flores que se exhibían en un puesto cercano. “Sangría, tapas, bocadillos, xocolata i xurros…” A cada paso me topaba con una de estas delicias locales, un encuentro que quedaba en pura seducción porque mi billetera no me permitía avanzar más que con la mirada.

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Me adentré en los callejones más recónditos descubriendo tiendas de antigüedades que parecen máquinas del tiempo, locales con diseños de autor súper anti-a-la-moda y librerías rústicas de esas que tanto amo. El barrio gótico es un híbrido hermoso: negocios que están ahí desde el Big Bang conviven con otros sumamente modernos, con galerías de arte y con cientos de barcitos de los más diversos estilos.

Pasé más de una vez por el mismo lugar riéndome de lo perdida que estaba, me colé sin querer en el fondo de varias fotos, elegí los caminos haciendo ta-te-ti… En un momento incluso decidí cambiar el enfoque y empecé a caminar mirando hacia arriba, dándome cuenta que muchas veces las imágenes más lindas nos pasan por encima sin que nos demos cuenta.

Perderse en ese mundo antiguo, sacado de un cuento de chicos, terminó convirtiéndose en una adicción. Una parte de mí no quería encontrar nunca la salida para quedarse vagando infinitamente por ese laberinto de descubrimientos interminables.

Un rato después – no sabría decir ni un aproximado porque ese lapso lo viví contra reloj – “vi la luz” y me encontré de golpe en frente de la Catedral de Barcelona,con un Costa Café en la mano y los labios color rojo frambuesa, frutos de mi nueva y osada adquisición en maquillaje. Y ahora, ¿qué hago? No “tengo que” hacer nada de nada de nada. O, mejor dicho (y para presentarlo desde la perspectiva en que lo vi yo), puedo hacer cualquier cosa que tenga ganas.

Es así como decidí cumplir otro de mis grandes deseos. Me senté en un banco justo frente a la iglesia con el solcito acariciándome la cara y disipando el previo golpe de frío, dispuesta a VIVIR el lugar. Un artista ambientaba ese momento con su guitarra y una selección de acústicos que engranaban perfecto con el entorno, mientras las palomas y las burbujas gigantes dibujaban la mejor foto de Barcelona desde mi llegada….

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Ahí, desde mi serenidad, pude percibir el ritmo turista del cual por primera vez no me sentí parte. Me quedé sentada un buen rato. Observando, escuchando, leyendo, escribiendo, fotografiando y, especialmente sintiendo. Al lado mío se sentaron y levantaron varias personas, por en frente flotaron idiomas de todo el mundo y pasaron turistas de todas las edades y estilos posibles. Ese ritmo bailaba a mi alrededor y lo pude disfrutar con más fuerza que nunca porque no tenía apuros, ni planes, ni días contados… En ese momento, Barcelona era mi casa.

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