Despertando en un café barcelonés

Mi llegada a Barcelona fue mucho más compleja de lo que imaginé. Toda la seguridad con la que dejé Buenos Aires se empezó a disipar a medida que caminaba por calles desconocidas, sabiéndome a miles de kilómetros de distancia de la gente que amo. Estos primeros días estuve siempre con alguien. Algo positivo para ayudar con la contención inicial, pero por lo que terminé dedicándome muy pocos minutos a mí, a la escritura, la lectura y a callejear sola, algo que disfruto y necesito hacer en cada lugar al que voy.

Es por eso que esta mañana de domingo, a pesar de haber dormido poco, me levanté “temprano” para regalarme unas horas de tranquilidad y soledad. Decidí hacerlo de la forma en que más me gusta: conociendo un buen café local. Hace unos meses empecé a seguir una cuenta de Instagram – Barcelona Food Experiencie – con el objetivo de lograr justamente esto; encontrar el lugar perfecto para un momento en particular.

Así llegué a Roast Club Café, una cafetería de especialidad (¡mi debilidad!) que, de pura suerte, quedaba solo a cuatro cuadras de la casa de Belu. Bajé abrigada hasta la médula con mi nuevo polerón, un tapado, y mi mochila recargada con todo lo que amo: la computadora, mi cuadernito personalizado de Barcelona y un libro. Iba a hacer lo que me pintara en aquel momento.

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El lugar es súper mini. Tiene tres mesas disponibles además de la barra que da al “detrás de escena” (entre comillas porque preparan todo a la vista de los clientes). Ahí se ofrecen dos banquitos rojos para los cafeteros express o aquellos que no tuvieron tanta suerte de conseguir un lugar más fijo.

Apenas abrí la puerta se me dibujó una sonrisa inmediata gracias a dos cosas que se dieron a la vez y en un micro-segundo. En primer lugar, el cartel de los cafés exhibido sobre la pared me comunicaba que ahí podría tomar un Flat White, mi variedad preferida y tan difícil de conseguir en Buenos Aires. Pero además, el lugarcito me recibió con un “¡Buen día!” sorpresivo, cálido y entusiasta de parte de sus dos mozos. Listo, este va a ser un gran día, pensé.

Tuve la suerte de encontrar una de sus pocas mesas vacías y es ahí dónde me senté, entre un señor sumergido en su Mac y dos extranjeras que inmortalizaron ese desayuno con un millón de fotos. Hojee durante unos segundos la carta aunque ya sabía de antemano lo que iba a pedir: la tostada de palta y semillas de chía que ya me conquistó a primera vista en la foto de esta página de gastronomía (y que además vi en vivo y en directo en la mesa de al lado) junto con mi tan adorado Flat White.

Mientras esperaba, saqué mi cuaderno y me dediqué a observar y describir lo que me enamoró de ese pequeño lugar. Desde afuera, se presenta una fachada angosta y sencilla, con un toldo rayado rojo y blanco, un cartel que ilustra lo que ofrecen en el menú y un par de plantas que retratan su estilo natural y healthy.

Al entrar, te recibe en el piso una “alfombra” que alguna vez que fue una bolsa de arpillera donde se transportaban granos de café de África. Su gran cafetera, protagonista y estrella indiscutida del lugar, se encuentra a la izquierda, detrás de la barra, y funciona sin parar durante toda la mañana – quizás también todo el día – satisfaciendo a los clientes que se acercan para empezar el día sentados o con un takeaway.

Cuando encontré la recomendación, esta decía “en Roast Café Club te hacen sentir como en tu casa”. Sí, la frase parece un chamuyo barato pero en este caso es tal cual. Las dos personas que atienden – un chico de sonrisa crónica y una mujer con un pelo exótico entre rosa y violeta – tienen una energía sobrehumana porque, no solo se encargan de todo solos, sino que reciben y despiden a cada persona con un saludo eufórico.

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El interior, chiquito y acogedor, tiene ese toque rústico con onda. Las paredes azules están despintadas con un estilo decapado – bien vintage – y de ellas cuelgan fotos de Barcelona, desde la Sagrada Familia hasta callejones más recónditos de esta ciudad eterna.

Cada mesa tiene su menú, además del cartel gigante que cuelga mostrando las variedades de café disponibles en el lugar; desde el clásico Macchiato hasta uno extraño llamado “Shakerato” o un Matcha, tan famoso en las redes sociales (prometo que algún día me voy a acercar a probarlo, es un pendiente).

El sistema para elegir la comida es simple y hasta divertido. En un cuadro te presentan primero las combinaciones de sabores, como por ejemplo Avocado & chía o Salmón, cream cheese y avocado. Esto es lo primero que se elije. Después, hay una segunda decisión que tiene que ver con el formato: cada sabor puede ordenarse sobre una tostada, croissant, bagel o en forma de sándwich. La carta también ofrece Power Bowls con el exquisito acaí (muy caro para mi presupuesto) y una selección de platos para disfrutar “con cuchara”. El menú se completa con unas ensaladas y una lista completa de jugos prensados en frío. Acotado, sencillo pero con un toque gourmet y saludable que me fascina.

Me quedé enamorada de esta primera experiencia cafetera en Barcelona. Y particularmente de este lugarcito que, con su ambiente familiar, su olorcito a buen café, su atención tan amable y el espacio acogedor y calentito (algo muy valorado en estos días de frío) me atrapó al instante, disipando mis dudas y miedos con el sabor simple y abrazador de un café de especialidad.

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