La adrenalina previa de cumplir un sueño

Yo creo que nadie saca un pasaje siendo plenamente consciente de lo que está haciendo. Porque, si bien un viaje empieza en el instante en que nace la idea, no es hasta que se pone un pie fuera del avión que las cosas empiezan a SUCEDER.

Yo saqué mi pasaje a Barcelona el 22 de noviembre del año pasado, entre nota y nota en la revista donde estaba trabajando. Encontré un ofertón, ese que tanto temía que apareciera, y se lo compartí a mi papá. Pero en el momento en que me dijo “es perfecto, ¡sacalo ya!” empecé a tomar un poquito de conciencia. ¿Estás seguro? ¿Ya, ya, ya? ¿Y si esperamos un tiempo? Todavía es medio rápido, no sé si lo pensé muy bien. Y, quizás encontremos una oferta mejor… ¿no?

No, definitivamente conseguir un pasaje directo a menos de lo que me ofrecían era una utopía. Pero de golpe, toda esa seguridad con la que cargaba la idea de irme se había convertido en un mar de miedos. Por suerte, mi instinto rebelde y libre – ese que se había potenciado esas últimas semanas – me dominó durante un instante, el necesario para hacer el “click”: la decisión ya estaba tomada. El 21 de marzo, a las 13:15 estaría subiéndome a un avión, sola, rumbo a una nueva gran aventura en Europa. ¡Estaba empezando el camino para cumplir el sueño de mi vida!

¿Qué sentí esos primeros días? Para mi sorpresa, no mucho. La acción había quedado en eso, un simple click, uno más de los cientos o miles que hago por día. Ojo, estaba contenta… pero todavía me costaba mucho creer que lo que estaba pasando era real, por eso no le daba la importancia que merecía semejante decisión. Además faltaba tiempo todavía… cuatro meses no vuelan, pensé. Algo muy diferente a lo que me decía la gente y a lo que en realidad terminó pasando.

Hoy, a menos de una semana de irme, puedo confirmar que el tiempo corrió a una velocidad imposible de alcanzar. Porque mis sentimientos y mi cabeza durante los últimos tres meses y medio se quedaron en aquel click, en el mail de confirmación de la aerolínea y en la vaga idea de que pronto estaría “viviendo afuera”.

Estos meses viví caminando sobre nubes. Me armé las mil y una historias en la cabeza, fui construyendo y transformando mis planes, a la vez que se potenciaban mis deseos al infinito. Porque además, en la mitad del proceso se sumó un acompañante al viaje, desplazando por completo la idea de una “aventura en solitario” para convertirla en una mucho más interesante, loca e incierta aun.

Esa escapatoria me relajó y transformó mi emergía por completo. Era pura luz. Caminaba por la calle como una niña, sonriéndole a la naturaleza y a la vida por regalarme una oportunidad que muy pocos tienen y con la que fantasee toda mi vida. Ningún problema era tal, porque la idea de irme en breve me ayudó a tomar todo más a la ligera. Ninguna discusión llegó a transformarse en pelea, porque el viaje me inspiraba a disfrutar de mi familia y mi gente al máximo. El trabajo dejó de ser motivo de estrés y se convirtió en un juego, donde llegué a imponer mis propias reglas, como por ejemplo el horario de entrada o salida de la oficina.

Estos últimos meses fueron una mezcla de rosas, unicornios, arcoíris, y nada más que sonrisas y alegrías. Tanto que una parte de mi quería que esa previa durara para siempre.

Pero está claro que uno no controla el tiempo ni en torbellino de sensaciones que empiezan a aparecer cuando el viaje se avecina. Belu, en su versión más ilusa, creía que esa nube de pedo podía sostenerse hasta subirse al avión y potenciarse a medida que el sueño empezara a hacerse realidad. Pero creer que una decisión así no está acompañada de los sentimientos más “oscuros” es vivir en un cuento de hadas.

Los miedos, las angustias, las dudas e inseguridades aparecieron todos a la vez, desestabilizando esa escena tan idílica. Quizás fue tan brusco porque quise taparlos o porque estaba distraída con mi vida de princesa, pero surgieron con una fuerza arrolladora a apenas 20 días del día tan esperado.

Estoy repleta de miedos. ¿Y si me equivoqué con la decisión? ¿Si no estoy hecha para esto? ¿Si fallan mis proyectos o no logro cumplir con mis expectativas? ¿Si me lastiman y no tengo con quien llorar? ¿Si odio mi trabajo allá y no consigo nada mejor? ¿Si no logro adaptarme nunca a otro lugar? De estas preguntas, hay miles en este momento rondando por mi cabeza. A veces se despiertan todas juntas y me golpean de forma tal que empiezo a llorar desconsoladamente o me enojo con otros sin fundamentos. Otras veces surgen cuando estoy durmiendo, dejándome con un insomnio recargado de ansiedad…

Pero muchas veces, en medio de ese torbellino de miedos y dudas, aparecen en mi cabeza imágenes ideales. Me veo caminando por las calles adoquinadas de un pueblito alemán, o cruzando esos puentes pintorescos con flores sobre un canal francés… Nos visualizo tomando una cerveza en un pub belga, eligiendo entre una carta con mil variedades, o en medio de un roadtrip – uno de los tantos que vamos a tener – cantando y mirando por la ventana.

Y así, sin darme cuenta, los miedos mutan y se convierten en entusiasmo. Sonrío porque esa vida está a apenas una semana de hoy, ¡y se me plantea tan, tan feliz! Esa decisión corre por mí y juro que no hay nada que quiera más en el mundo que vivir una experiencia inolvidable.

Una noche, hace algunas semanas, en medio de una charla de este estilo con papá, me hizo hacer un ejercicio. Me preguntó, ¿cuál es tu mayor miedo en este viaje? Mi respuesta: pasarla mal por alguna situación. Entonces siguió, ¿y qué pasa si la pasás mal? ¿Qué hacés? Y… la busco a mi amiga Belu que está viviendo en Barcelona, o a mi prima Cande que está en Madrid. O, de última me vuelvo a Buenos Aires. ¿Y entonces? Hay salidas. La clave está en no ver a esta decisión como algo definitivo e inamovible, ¡porque verlo así desespera! Y la desesperación termina despertando más inseguridades y miedos.

Esta oportunidad es única y voluntaria, y las experiencias (más todavía las que son buscadas por uno) nunca pueden salir mal. Me voy convencida de que mi principal objetivo es DISFRUTAR y mientras el foco esté puesto ahí, no hay contratiempo que pueda ser tan grave como para arruinar el viaje. Voy a conocer esas ciudades y pueblos que tanto me enamoraron en fotos, a caminarlas, a escribir sobre ellas – y a hacerlo con una compañía que me hace muy feliz -, a conocer gente con otra mentalidad, a sorprenderme con cada nuevo paisaje, a probar platos exóticos, a disfrutar de un vinito francés, a trabajar en un bar sobre la playa, a despertarme todos los días con una sonrisa inmensa, a conocerme más, a encontrar y perseguir lo que me gusta, a ser cada día un poquito más feliz… ¡Gracias vida por esta nueva experiencia! Estoy entregada a ser transformada al 100% por este viaje.

Un comentario

  1. Trinidad

    Me sentí identificada en cada palabra escrita. Viviendo la misma experiencia en otro lugar del mundo, puedo afirmar que los miedos se van en la primera pisada. No voy a mentir, hay momentos de ansiedad y angustia, pero la alegría y la felicidad de estar cumpliendo nuestro sueño de toda la vida es inmensa. Están acá, son reales y es nuestro momento de disfrutarlo, de vivirlos y gozarlos! Nos fuimos con la tranquilidad de que siempre podemos volver a casa, pero abiertas a todo lo lindo que nos espera. A vivir nuevas aventuras amiga! Seguí compartiendo cada sensación y cada sentimiento de todas tus experiencias en este espacio que tan bien te queda. Tu talento es infinito. Te quiero!

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